Decir SÍ a la Navidad

Lejos de la imagen idealizada que tratan de vendernos, la Navidad provoca sentimientos ambivalentes y suele generar material interesante en consulta.  Las búsquedas de la palabra ansiedad se disparan en Google estos días.  ¿Qué nos pasa con la Navidad?  Seguramente muchas cosas que no pretendo abarcar.  Uno de los aspectos que aparece con frecuencia en consulta y oigo mucho en la calle es el sentimiento de obligación, el “tener que”: preparar y compartir comidas y regalos con personas a las que apenas vemos el resto del año, estar alegre, disfrutar, comprar, acudir a actos religiosos…. Ya te hablé del mandato de la felicidad en otro artículo y creo que al menos una parte de este sentimiento de obligación en Navidad tiene que ver con esto y, en general con los mandatos socioculturales.

Pero lo cierto es que la Navidad, como otras celebraciones familiares, tiene un sentido antropológico más allá del religioso: reforzar vínculos.  Los vínculos, como ya he dicho en otras ocasiones, están en la base misma de nuestra supervivencia como individuos y como especie.  El dicho popular “más vale sólo que mal acompañado” es discutible.  A veces la compañía, por mala que sea, nos salva.  Las personas con las que pasamos la Navidad, nos gusten más o menos, sean elegidas por nosotros o no, son las que conforman nuestro sistema familiar.  Y todas y cada una de ellas tienen su lugar en el conjunto de la familia.  La familia, entendida como sistema, es un conjunto de personas a las que une algún tipo de vínculo, sea afectuoso, conflictivo, bueno, malo o regular.  En todo caso, imperfecto.  Es una constelación en la que cada estrella ocupa su lugar para mantener su configuración, la “forma” en la que encuentra el equilibrio que asegure su supervivencia y la de sus miembros.  Las diferentes estrellas están unidas entre sí en múltiples direcciones por hilos de diferentes colores, materiales y grosores.  La perspectiva sistémica es muy interesante y mucho más compleja que esto, pero en relación a este tema de la Navidad, hoy me quedo con la importancia de que cada estrella pertenece al sistema y, sea como sea, esté o no, tenga su lugar.   Porque todas ellas han sido necesarias para que el sistema exista y perviva.  Todas las estrellas de generaciones anteriores han sido necesarias para las generaciones posteriores.  Todas y cada una de ellas, junto a los hilos que las unen, han hecho posible que nosotros naciésemos y fuésemos como somos.

Sospecho que una parte de esa “obligación” que algunas personas sienten ante la Navidad tiene que ver con que es una celebración familiar que “obliga” a mirar y, sobre todo, notar, nuestro sistema.  Y con él, todos esos hilos que percibimos defectuosos o conflictivos o conflictuantes, todas esas presencias incómodas, todos esos lugares ausentes, todo aquello que nos gustaría recibir pero no recibimos.  Es una ocasión para disponer y leer el “belén familiar”.  ¿Y si, por fin, nos abrimos a la posibilidad de mirar y tomar a nuestra familia tal como es?  Me gusta mucho la palabra tomar.  Va más allá de aceptar.  Tomar, como dice María Colodrón, es “agradecer lo recibido y renunciar a lo que no nos dieron; (…) y hacer con ello lo mejor que se pueda: crear una nueva familia, disfrutar de la vida y de lo que nos depara, cuidarnos a nosotros mismos y a nuestros hijos, compartir nuestras capacidades y nuestros recursos con los que nos rodean, crear belleza y contribuir a la marcha del mundo siendo uno más en él…”.  ¿Y si, por fin, cambiamos el “tengo que” por “elijo”? Elijo asentir a lo que cada una de las estrellas de mi familia ha aportado a mi sistema, sin el cual, yo no existiría.  Y elijo asistir a esa comida en esa casa, para recibirlo y notarlo.  O no.

Quizá la Navidad va de eso, de elegir.

Para leer más sobre constelaciones familiares:

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