(Pseudo)independencia

Hay personas a las que sentirnos dependientes nos inquieta, nos incomoda.  Nos tranquiliza mantener una distancia de seguridad, una independencia económica, un “ser fiel a mí mismo/a”, guardarnos para nosotros nuestras cosas, sentir que nos valemos por nosotros mismos.  La ayuda, los consejos y el cuidado nos huelen a paternalismo o condescendencia.  Llegar a todo nos hace sentir fuertes.  Luchamos día a día por ser fuertes y autosuficientes, tomar nuestras propias decisiones, defendernos de intrusiones, conseguir lo que deseamos.  Nos esforzamos por controlar lo incontrolable, incluido nuestro propio miedo.  A nuestro alrededor, los que cuentan continuamente los mismos problemas nos parecen quejicas e irresponsables, los que piden ayuda más de la cuenta, débiles y demandantes.

Esta manera de funcionar nos acompaña desde hace tiempo, desde aquel momento de nuestra vida en que fue útil.  Probablemente nos permitió adaptarnos a la aterradora experiencia de no recibir lo que necesitábamos cuando éramos absolutamente dependientes, o de perder de alguna manera a esa persona de la que dependíamos.  La experiencia de no poder contar con quien tenía la responsabilidad de protegernos y cuidarnos.  Y así hemos seguido, orgullosos de nuestra autodeterminación, convencidos defensores de esa nuestra bandera.

Hasta que algo empieza a fallar: un síntoma, una enfermedad, agotamiento…. Ya hace tiempo que la gente nos acusaba de ir a nuestra bola, que se quejaba de que no contábamos con ellos o no nos dejábamos ayudar, que sentíamos que no acabábamos de encajar.  Pero algo ocurre de repente, que nos pone en situación de necesitar ayuda, cuidados, guía, consuelo, que nos devuelve drástica y dolorosamente a la realidad largamente ignorada y/o evitada.

Por mucho miedo que de, por mucho que no nos guste, por mucho que tratemos de convencernos de lo contrario, la realidad es que necesitamos de otros para sobrevivir.  No sólo para vivir, sino para sobrevivir.  No sólo como niños, sino también como adultos.  Todos necesitamos sentirnos amados, reconocidos, aceptados.  Todos necesitamos ayuda y/o cuidados alguna vez.  Son necesidades universales.

Este tipo de necesidades, cuando son ignoradas, tarde o temprano, reclaman ser satisfechas, en el volumen y el tono que haga falta, porque de ello depende nuestra supervivencia.  Y para ello recurre a síntomas de distinto tipo e intensidad: psicológicas, somáticas o ambas.

No es un problema necesitar el amor, el cuidado o la aprobación de los demás.  No sólo no es un problema, sino que es nuestra naturaleza.  La independencia no es posible para el ser humano.  La necesidad de otros sólo se convierte en problema cuando la búsqueda de amor o aprobación asume el mando de nuestras decisiones cotidianas.  Es decir, cuando nos vamos al otro extremo del continuo.  La palabra dependencia nos puede sonar a ésto, y por eso no nos gusta.  Pero de la misma manera que necesitamos pertenecer y ser aceptados, necesitamos también desarrollar nuestra identidad, hacer nuestro camino, satisfacer otras muchas necesidades y tomar decisiones.  Podemos llamarlo también autonomía o interdependencia.  Lo que llamamos paz, bienestar, equilibrio o salud mental tiene que ver con la capacidad para movernos adaptativamente en este continuo, de manera que podamos permanecer vinculados a otras personas al tiempo que mantenemos nuestra individualidad.  Diferenciar nuestras necesidades de las de los demás.  Saber cuándo anteponer las necesidades de los otros o las nuestras.  Pedir ayuda, aceptando un posible no por respuesta.  Dejarnos cuidar.  Cuidar.  Entregarnos a amar y a dejarnos amar.

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