La magia de vivir

El impacto de la muerte de alguien cercano o conocido me produce siempre la misma sensación: todo se coloca en su sitio y adquiere su verdadera dimensión.  Me centra en lo esencial.  Los miedos se hacen más pequeños y las cosas valiosas ocupan el espacio que requieren.  La vida se convierte en un verdadero milagro al que merece la pena entregarse.

La vida nace y muere de acuerdo con una combinación de fuerzas: por un lado, las leyes de la naturaleza, que dirigen y organizan en la dirección de la supervivencia y del desarrollo.  Por otro lado, el amor, entendido en sentido amplio, como ese hilo que nos mantiene ligados a un todo del que formamos parte (la familia, la comunidad, la humanidad, la naturaleza…).  Y por otro lado, el azar.  Y ésta es la parte difícil: el azar es incertibumbre.  Cuánto cuesta aceptar que hay muchos acontecimientos que no podemos predecir, controlar o incluso comprender.

Podemos sentir la incertidumbre como amenaza, desde el miedo a la pérdida de control.  O podemos sentirla como magia o aventura, desde la curiosidad.  Confiando en la vida, en nuestra tendencia natural a la supervivencia y al desarrollo, y en nuestra capacidad de amar y responder, podemos soltar el control y entregarnos a vivir, momento a momento, con los ojos bien abiertos, todo aquello que la vida nos ponga delante.  Aun cuando sea difícil, aun cuando duela.  Incluida la muerte.  Como cuando éramos niños.

De esta manera, habrá momentos en los que sentiremos miedo a la muerte y al dolor, pero seremos capaces de atravesarlo para devolver la atención al presente, al hecho, tan simple y grande al mismo tiempo, de que estamos vivos en este momento.  A todo eso que sí tenemos aquí y ahora, al para qué que da sentido a nuestra vida.

«La vida es lo que hacemos de ella» (aforismo hindú).

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