La vuelta al trabajo y el “yo” entre bambalinas

De vuelta a la rutina laboral noto cómo se aprieta mi cuerpo para darme impulso.  Para juntar las fuerzas que creo necesitar para acometer esta pendiente, a mis ojos, tan empinada.  Subrayo lo de “creo” y “a mis ojos” porque sospecho que soy yo misma la que doy pendiente a esa cuesta.  ¿Y si en realidad no es tan empinada como la veo? ¿De verdad me exige ese esfuerzo y esa concentración que me aprietan por dentro?

Me observo, me siento, me noto y pienso, y me doy cuenta de que una gran parte de mi pendiente está hecha de auto exigencia egoica, de miedo y (¿quizá?) algo de vergüenza.  Porque, ¿qué pasa si las cosas no salen como quiero que salgan o como creo que deberían salir? ¿O como creo que misotros esperan que salgan?

A pesar de años de formación y psicoterapia, y de la (bendita) conciencia que he ido ganando gracias a ellas, mi yo antiguo sigue confabulando entre bambalinas.  Intenta convencerme de que debo hacer las cosas bien, rápida y eficientemente, para ser aceptada y querida.  Porque si no soy trabajadora y productiva, es que soy lenta, vaga o comodona, y claro, nadie quiere una compañera, una amiga, una hija o una esposa así.  Llegado a este punto, sorprendo a mi yo antiguo en la trastienda, firme pero compasiva, y le digo con amable autoridad que le agradezco la información, que me doy por enterada y que ya se puede ir con sus mensajes inconscientes por donde vino.  Le dejo ir.

Y así, con algo más de luz en la trastienda, puedo ver algo un poco más auténtico: el sentido real de las tareas y proyectos que tengo ante mí.  ¿Quién los ha puesto ahí? Yo, nadie más.  ¿Para qué? Me doy cuenta de que no tiene sentido hacerlos para que me quieran, ni siquiera para quererme a mí misma, porque lo cierto es que ese amor ya lo tengo, no me lo tengo que ganar.  Y qué agradecida estoy por ello.  Simplemente, hago lo que hago porque forma parte de mi misión: de lo que tengo para dar, en este momento, a la vida.  Y entonces, con la mente, el corazón y las tripas alineados con eso, mis fuerzas crecen sin necesidad de “apretarme”, y la pendiente se allana.  Entregada a mi misión, sin excusas ni autocomplacencias, doy lo mejor de mí hasta donde llego, respetando mis necesidades y limitaciones.  Aceptando que necesito el tiempo que necesito para hacer las cosas, aunque a veces sea mayor del que me gustaría.  Que hay cosas que no puedo controlar, por mucho que lo intente.  Que las circunstancias, como las personas, siguen su curso.  Confiando en que mi cuerpo me avisará cuando la autoexigencia, la impaciencia y la pereza entren de nuevo en la trastienda.

¿Cómo es tu “yo” entre bambalinas?

Gracias por compartir!

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