Detengan esa lavadora

Cuando el flujo continuo de pensamientos se hace circular, la cabeza se convierte en una lavadora centrifugando. Nos enganchamos a las ideas que dan vueltas y vueltas y nos encontramos enfrascados en la lavadora, incapaces de salir, de mirar más allá, “enmimismados” y mareados. Quién no ha tenido alguna vez esa sensación.

A veces la experiencia no se parece tanto a una lavadora como a un bombardeo o asalto continuo de voces internas. Algunas amables, otras hostiles o imperativas. Y muchas veces contradictorias.

En esos momentos tendemos a aislarnos, y si no, nos mostramos ausentes, porque claro, no estamos en el mundo, sino en nuestro mundo. O nos asuntan fantasmas imaginarios. O tenemos problemas para dormir, o para ir al baño, o no rendimos en el trabajo, o perdemos el partido, o extraviamos las llaves, o nos equivocamos de dirección…

Agotador.

A veces la lavadora se para sola y, por fin, descansamos.  Pero podemos hacer algo más: conectar y/o meditar.

La conexión con otra persona significativa, con la que nos sintamos seguros, nos obliga a salir de nuestro interior para meternos en el mundo del otro y dejar que el otro se meta en nuestro mundo. Si, además, hacemos esa conexión contándole a esa persona cómo estamos, qué nos pasa con nuestra lavadora, qué tenemos dentro de ella y cómo funciona, estaremos desarrollando nuestra metacognición, poniendo distancia entre YO y mis pensamientos o entre YO y mis voces internas. Es decir, desenganchándonos de ellas, poniéndoles cara, reconociéndolas.

Eso es lo que podemos conseguir también mediante la meditación, que consiste básicamente en un entrenamiento de la atención. Durante la meditación focalizamos la atención en la respiración (u otra clase de anclaje), de manera que cuando aparecen estímulos, sensaciones, imágenes y pensamientos que reclaman nuestra atención, nos hacemos conscientes de ello, los “soltamos” y volvemos a llevar la atención a la respiración. Con la práctica, vamos dándonos cuenta de que todo eso que aparece en nuestra mente es algo que llega y se va, pero que no forma parte de nosotros. Es otra manera de tomar distancia.

Pero estos recursos sólo funcionan si, antes de “soltar” los pensamientos o las voces, “recibimos” el mensaje que traen para nosotros. Igual que las sensaciones corporales, las imágenes mentales y las emociones, los pensamientos y las voces están para algo. Están para aportarnos información sobre la realidad que vivimos, sea externa o interna, y así manejarnos mejor en ella.    Hay pensamientos que nos recuerdan un asunto pendiente de resolver, o una decisión pendiente de tomar (desde la más nimia como qué meteré en la maleta mañana, hasta la más trascendental). Otros nos aportan nuevas ideas para ese proyecto que tenemos entre manos. Hay voces que nos advierten de peligros reales, y otras de peligros “internos”. Nos ayudan a captar nuestras emociones, a averiguar qué es eso que nos da tanto miedo. Todas tienen algo que aportar, por eso las recibimos y les damos las gracias antes de “soltarlas”, sabiendo que probablemente volverán. Pero ya no hará falta pelear.

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